La historia de la iglesia, que abarca casi 2.000 años, constituye un tema que nadie sino sólo el
Espíritu Santo de Dios puede recopilar. Los hechos en los que tal historia debería basarse
sólo los conoce Aquel que, en humilde gracia, ha estado aquí en la tierra todo el tiempo
manteniendo en la asamblea un testimonio de la verdad según la revelación de Dios. En
medio de las glorias crecientes y menguantes de la iglesia, Él ha sido, por una parte, el
dolorido Testigo de cada paso de alejamiento y de decadencia, y, por la otra, el Manantial
interior de cada sentimiento espiritual en pos de Dios, y la Fuente vivificadora de cada fase de
recuperación y avivamiento. Con precisión divina, Él ha evaluado lo que es de verdadero valor,
al ser capaz de distinguir entre lo que es de Dios y lo que es del hombre.
Las persecuciones comenzaron el 64 d.C.
Es evidente, leyendo las epístolas de la Escritura, que la decadencia y el fracaso ya se habían
introducido incluso en los tiempos de los apóstoles. No sólo Pablo tiene que decir en su
segunda epístola a Timoteo que todos los de Asia lo habían abandonado, sino que el Señor,
dirigiéndose al ángel de la asamblea de Éfeso —la primera de las siete— dice: «Has dejado tu
primer amor.» Esta decadencia fue seguida poco después por un tiempo de intensa
persecución. Comenzó en el reinado de Nerón y por su instigación, y prosiguió durante casi
tres siglos. Es destacable que durante este período la historia ha registrado diez persecuciones
generales distintas, lo que puede tener que ver con la palabra del Señor a la segunda asamblea.
Decadencia en aumento de la iglesia
Sin embargo, fue tras una persecución de aproximadamente doscientos años que los
elementos de decadencia y alejamiento de la verdad comenzaron a profundizar en la iglesia, y
la fidelidad de los mártires resplandeció tanto más sobre el oscuro fondo de la decadencia de
la gloria de la iglesia. La causa de la decadencia —y en verdad podríamos decir que la causa
de toda decadencia— residía en el hecho de que la iglesia había perdido de vista su puesto de
santa separación del mundo. Su temprana simplicidad estaba volviéndose rápidamente cosa
del pasado, y la mano del hombre estaba llevando a cabo ruinosos cambios en la dirección de
sus asuntos.
Clero y laicos
Además, la distinción entre el clero y los laicos —largo tiempo sugerida por los principios del
judaísmo— estaba surtiendo sus malos efectos en la iglesia. Los obispos y diáconos vinieron
a ser una orden sagrada, y, en contra de todas las enseñanzas de las Escrituras, se les
comenzó a dar un lugar preeminente. Los acontecimientos que condujeron al establecimiento
de un orden sagrado dentro de la iglesia son considerados aquí, para que el lector pueda ver
los comienzos de lo que ahora se ha desarrollado como un vasto sistema jerárquico. Los
apóstoles establecieron ancianos —dando sin dudas su reconocimiento formal a aquellos que
ya habían sido capacitados por el Espíritu de Dios; pero después que los apóstoles hubieron
muerto, los supervisores [episkopoi, u obispos], que habían sido designados por los apóstoles
para llevar a cabo una obra necesaria, y no meramente para tener una posición oficial,
comenzaron a arrogarse para sí mismos el derecho exclusivo de enseñar y de administrar la
Cena del Señor. Así, a comienzos del siglo segundo, ya existían en Asia Menor los tres
cargos permanentes de obispo, presbítero y diácono. Al transcurrir el tiempo, estos hombres
fueron asumiendo más y más de control y liderazgo sobre la iglesia y sus actividades, y los
miembros ordinarios de la asamblea fueron reducidos a la posición de someterse a este
control. Así, algo que era al principio una cosa más o menos informal y temporal se
desarrolló a cargos fijos y permanentes.
El Edicto de Milán, 313 d.C.
A pesar de muchos y lastimosos fallos, se debe admitir que Constantino hizo muchas cosas
de gran valor en su tiempo, y que su legislación en general da evidencia de la silenciosa
acción de principios cristianos. (Nota 1.) Él fue el responsable de la redacción del famoso
Edicto de Milán —a veces llamado la Carta Magna de la Cristiandad. Concedía a los
cristianos una libertad total y absoluta para el ejercicio de su religión. Sería difícil encontrar
un mayor contraste que el que se observa entre la posición de la iglesia al principio y al final
del reinado de Constantino. Como bien ha dicho Miller: «La encontró encarcelada en minas,
mazmorras y catacumbas, y excluida de la luz del cielo; y la dejó en el trono del mundo.» Sin
embargo, ello fue en cumplimiento de la profecía inspirada: «Yo conozco tus obras, y dónde
moras, donde está el trono de Satanás»
domingo, 31 de enero de 2010
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