domingo, 31 de enero de 2010

HISTORIA DE LA IGLESIA

La historia de la iglesia, que abarca casi 2.000 años, constituye un tema que nadie sino sólo el
Espíritu Santo de Dios puede recopilar. Los hechos en los que tal historia debería basarse
sólo los conoce Aquel que, en humilde gracia, ha estado aquí en la tierra todo el tiempo
manteniendo en la asamblea un testimonio de la verdad según la revelación de Dios. En
medio de las glorias crecientes y menguantes de la iglesia, Él ha sido, por una parte, el
dolorido Testigo de cada paso de alejamiento y de decadencia, y, por la otra, el Manantial
interior de cada sentimiento espiritual en pos de Dios, y la Fuente vivificadora de cada fase de
recuperación y avivamiento. Con precisión divina, Él ha evaluado lo que es de verdadero valor,
al ser capaz de distinguir entre lo que es de Dios y lo que es del hombre.


Las persecuciones comenzaron el 64 d.C.
Es evidente, leyendo las epístolas de la Escritura, que la decadencia y el fracaso ya se habían
introducido incluso en los tiempos de los apóstoles. No sólo Pablo tiene que decir en su
segunda epístola a Timoteo que todos los de Asia lo habían abandonado, sino que el Señor,
dirigiéndose al ángel de la asamblea de Éfeso —la primera de las siete— dice: «Has dejado tu
primer amor.» Esta decadencia fue seguida poco después por un tiempo de intensa
persecución. Comenzó en el reinado de Nerón y por su instigación, y prosiguió durante casi
tres siglos. Es destacable que durante este período la historia ha registrado diez persecuciones
generales distintas, lo que puede tener que ver con la palabra del Señor a la segunda asamblea.


Decadencia en aumento de la iglesia
Sin embargo, fue tras una persecución de aproximadamente doscientos años que los
elementos de decadencia y alejamiento de la verdad comenzaron a profundizar en la iglesia, y
la fidelidad de los mártires resplandeció tanto más sobre el oscuro fondo de la decadencia de
la gloria de la iglesia. La causa de la decadencia —y en verdad podríamos decir que la causa
de toda decadencia— residía en el hecho de que la iglesia había perdido de vista su puesto de
santa separación del mundo. Su temprana simplicidad estaba volviéndose rápidamente cosa
del pasado, y la mano del hombre estaba llevando a cabo ruinosos cambios en la dirección de
sus asuntos.


Clero y laicos
Además, la distinción entre el clero y los laicos —largo tiempo sugerida por los principios del
judaísmo— estaba surtiendo sus malos efectos en la iglesia. Los obispos y diáconos vinieron
a ser una orden sagrada, y, en contra de todas las enseñanzas de las Escrituras, se les
comenzó a dar un lugar preeminente. Los acontecimientos que condujeron al establecimiento
de un orden sagrado dentro de la iglesia son considerados aquí, para que el lector pueda ver
los comienzos de lo que ahora se ha desarrollado como un vasto sistema jerárquico. Los
apóstoles establecieron ancianos —dando sin dudas su reconocimiento formal a aquellos que
ya habían sido capacitados por el Espíritu de Dios; pero después que los apóstoles hubieron
muerto, los supervisores [episkopoi, u obispos], que habían sido designados por los apóstoles
para llevar a cabo una obra necesaria, y no meramente para tener una posición oficial,
comenzaron a arrogarse para sí mismos el derecho exclusivo de enseñar y de administrar la
Cena del Señor. Así, a comienzos del siglo segundo, ya existían en Asia Menor los tres
cargos permanentes de obispo, presbítero y diácono. Al transcurrir el tiempo, estos hombres
fueron asumiendo más y más de control y liderazgo sobre la iglesia y sus actividades, y los
miembros ordinarios de la asamblea fueron reducidos a la posición de someterse a este
control. Así, algo que era al principio una cosa más o menos informal y temporal se
desarrolló a cargos fijos y permanentes.



El Edicto de Milán, 313 d.C.
A pesar de muchos y lastimosos fallos, se debe admitir que Constantino hizo muchas cosas
de gran valor en su tiempo, y que su legislación en general da evidencia de la silenciosa
acción de principios cristianos. (Nota 1.) Él fue el responsable de la redacción del famoso
Edicto de Milán —a veces llamado la Carta Magna de la Cristiandad. Concedía a los
cristianos una libertad total y absoluta para el ejercicio de su religión. Sería difícil encontrar
un mayor contraste que el que se observa entre la posición de la iglesia al principio y al final
del reinado de Constantino. Como bien ha dicho Miller: «La encontró encarcelada en minas,
mazmorras y catacumbas, y excluida de la luz del cielo; y la dejó en el trono del mundo.» Sin
embargo, ello fue en cumplimiento de la profecía inspirada: «Yo conozco tus obras, y dónde
moras, donde está el trono de Satanás»

domingo, 10 de enero de 2010

LA IGLESIA CATOLICA IMPERIAL


SIGLO IV: Sucede el reconocimiento del cristianismo por parte del imperio romano, por un personaje que a su ves no era cristiano, conocido como CONSTANTINO, quien atribuyó al Dios de los cristianos y al signo de la cruz, que había visto en sueños la noche anterior, la victoria en la batalla decisiva que iba a llevarle al trono imperial.

AÑO 313 d.c, este maestro de la real politica junto con Licinio, también augusto, garantizó una libertad religiosa ilimitada para todo el imperio.

AÑO 315, se abolio el castigo de la crucifixion
AÑO 321, se introdujo el domingo como festividad oficial y se aceptó que la iglesia disfrutara de patrimonio.

En el año 325 Constantino se convirtio en emperador unico del imperio romano y tambien convocó el primer concilio ecuménico, que se celebró en su residencia de Nicea, en el este de Bizancio.

Con todo esto la iglesia tuvo la fortaleza necesaria para poder afrontar las epocas y lograr establecerse, entre tanto la iglesia caia en paradigmas muy bien encontrados por las personas que les interesaba el tema, por ejemplo, El presbítero alejandrino Arrio defendía ahora que el Hijo, Cristo, había sido creado antes de los tiempos, pero que aun así era una criatura. Arrio provocó una gran controversia que inicialmente sacudió los cimientos de la iglesia oriental. Cuando el emperador Constantino advirtió que una división ideológica amenazaba la unidad del imperio, que acababa de unificarse políticamente bajo su único mandato, convocó en 325 el concilio de Nicea. Todos los obispos del imperio podían, y de hecho así lo hicieron, utilizar el servicio postal imperial para asistir.

Pero era el emperador el que tenía la última palabra en el concilio; el obispo de Roma ni siquiera fue invitado. El emperador convocó el sínodo imperial, lo condujo a través de un obispo que él mismo había designado y mediante comisarios imperiales, convirtió las resoluciones del concilio en leyes estatales con su aprobación. Al mismo tiempo aprovechó la oportunidad para asimilar la organización de la iglesia a la organización del estado: las provincias eclesiales debían corresponderse con las pro¬vincias imperiales («diócesis»), cada una con un sínodo metropolitano y provincial (especialmente para la elec¬ción de obispos). Ideológicamente, el emperador recibía el apoyo de la «teología política» de su obispo de la corte, Eusebio de Cesárea.

Todo esto se traducía en que ahora el imperio dispo¬nía de una iglesia imperial. Y ya en el primer concilio ecuménico se le otorgó a esta iglesia imperial su credo ecuménico, que se convirtió en ley de la iglesia y del im-perio para todas las iglesias. Ahora todo quedaba progre¬sivamente dominado por el lema "Un Dios, un emperador, un imperio, una iglesia, una fe"

El presbítero alejandrino Arrio empieza a predicar hacia 320 una teología según la cual sólo Dios Padre es el único Dios y el Hijo es una criatura aunque no como todas las demás sino la más excelente de ellas. Arrio se inscribe dentro de una corriente teológica que se llama el Origenismo extremo o radical que nace en Alejandría durante los siglos I y II. El principal representante del Origenismo había sido en el siglo III el teólogo alejandrino Orígenes quien le da su nombre.

sábado, 9 de enero de 2010

La Iglesia del estado






Constantino, que solo recibió el bautismo al final de su vida, promovió una política tolerante de integración has¬ta su muerte en 337. Sus hijos, que dividieron el impe¬rio, eran diferentes, especialmente Constancio, señor de oriente. Fue el emperador Teodosio el Grande, un estricto ortodoxo español, quien a finales del siglo IV cristiano decreto la prohibición general de los cultos paganos y los ritos de sacrificio, y acuso a los que contravinieran esas reglas de «lesa majestad» (laesa majes Tas). Ese decreto con¬virtió formalmente al cristianismo en la religión del esta¬do, a la iglesia católica en la iglesia del estado, y a la here¬jía en un crimen contra el estado. ¡Qué revolución! En menos de un siglo la iglesia per¬seguida se convirtió en una iglesia perseguidora. La orgullosa iglesia estatal helenista romana apenas recordaba ya sus raíces judías. La religión cristiana del estado quedó coronada por el dogma de la Trinidad. El credo am¬pliado en este concilio, y por ello llamado credo «niceo-constantinopolitano», es aún de uso general en la iglesia católica de hoy en día; junto con el breve «credo de los apóstoles». Después de ese concilio, lo que los «tres capadocios» (de Capadocia, en Asia Menor), Basilio el Grande, Gre¬gorio Nacianceno y Gregorio de Nisa, habían elaborado se consideró la fórmula ortodoxa de la Trinidad: Trini¬dad = «un ser divino [sustancia, naturaleza] en tres personas» (Padre, Hijo y Espíritu Santo). Fue conocida como la «Nueva Roma».

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